
The Brutalist
Lo importante no es el viaje, sino el destino
Hola, replicantes. Se han usado muchos calificativos para describir The Brutalist, pero cualquiera de ellos se queda corto ante la grandeza de la nueva película de Brady Corbet.
Yo prefiero verla como un monumento a la humanidad: una humanidad desde la creación de sociedades y naciones, desde las infraestructuras que conforman su tejido arquitectónico, pero, sobre todo, desde la imperfección del ser humano que construye estos cimientos. Un recorrido por el camino de la vida hasta el destino de la trascendencia.
The Brutalist trata de la rebeldía del ser humano ante enormes adversidades, de la crueldad hacia el extraño, del arte, del amor, de la absoluta falta de resistencia ante el placer carnal, de las consecuencias de nuestros actos y del dolor. Es un viaje por la senda imperfecta de la vida a través de una visión de 360 grados sobre la naturaleza humana.
The Brutalist está hecha para trascender.
Puede parecer una afirmación pretenciosa, y quizá lo sea. Pero ¿acaso Francis Ford Coppola no quiso trascender cuando rodó Apocalypse Now durante más de un año en Filipinas? ¿Acaso Sergio Leone no buscó la trascendencia con Érase una vez en América? ¿O Michael Cimino con su desgarrador drama El cazador? Todos sabemos que sí.
Estas tres películas comparten un núcleo común: la creación de la nación estadounidense a través de sus nativos e inmigrantes. El horror de la guerra en un país extraño, la supervivencia en Manhattan y las heridas que deja el conflicto al volver a casa.
Todos queremos trascender, pero solo unos pocos lo consiguen.
Brady Corbet no era más que un director interesante con obras menores y buenas intenciones… hasta hace unos meses.
Pero Corbet tenía una idea desde hace tiempo. Una idea que fue desarrollando desde 2018 hasta materializarla en septiembre de 2024, cuando The Brutalist se estrenó oficialmente. Una ópera épica de tres horas y media que sigue la vida y la carrera de László Tóth, un arquitecto judío, superviviente del Holocausto, que busca su destino en los Estados Unidos.
Una vez allí, Tóth descubrirá que el gran sueño americano no es más que un espejismo, lleno de esperanzas rotas y altibajos. Su talento le abrirá muchas puertas, pero la soberbia de aquel joven país y su propia incapacidad de autoprotección se encargarán de ponerle obstáculos en el camino.
The Brutalist ha sido rodada en formato VistaVision, lo que le otorga una calidad de imagen y una definición absolutamente impactantes. Este formato dejó de usarse extensivamente a principios de los años 60 por su alto costo, quedando relegado principalmente a efectos visuales. Creedme cuando digo que esta es una de las películas más bellamente filmadas de la década, tanto por el VistaVision como por la fotografía de Laurie Crawley.
La película de Corbet bebe profundamente del cine de los años 70, del New Hollywood. De hecho, The Brutalist se ambienta en los años 50, pero se siente como si hubiera sido rodada en los 70. No pertenece del todo a esta era, pero, al mismo tiempo, se percibe completamente actual.
Las influencias de Corbet son claras: pinceladas de Cimino, Leone, Coppola, Fellini, Jodorowsky e incluso de Spielberg en sus pocas escenas cómicas. Y, aun así, logra imprimir un estilo propio y particular. Su sentido del ritmo es envidiable, confeccionando una película de 215 minutos que se pasan en un suspiro, incluso con una intermisión central.
Esa intermisión es una declaración de intenciones sobre una obra que aspira a perdurar y seguir la senda de los más grandes. Porque las películas icónicas tienen elementos en común: tramas épicas, personajes irresistibles con los que cualquiera puede conectar, recursos económicos bien dimensionados para contar su historia, una banda sonora inolvidable y una fotografía que acompaña el devenir narrativo.
The Brutalist tiene todo esto en la dosis justa para enamorar y permanecer en la memoria.
Las interpretaciones son, simplemente, mastodónticas. El film gira en torno al personaje de Adrien Brody, quien domina la mayor parte del metraje. Un genio atormentado que atraviesa todo tipo de vicisitudes.
Podríamos compararlo con su Władysław Szpilman en El pianista, pero con una gran diferencia: Szpilman es una buena persona, casi demasiado perfecta, mientras que László Tóth dista mucho de serlo. Su imperfección es su cualidad más destacada, y Brody la transmite en cada fotograma con absoluta maestría.
Pero el triángulo interpretativo lo completan dos gigantes: Guy Pearce como el magnate Harrison Lee Van Buren y Felicity Jones como Erzsébet Tóth, la esposa de László. No exagero al decir que sus actuaciones están entre lo mejor del año en sus respectivas categorías.
La música de Daniel Blumberg es apoteósica: grandes notas de trompeta, momentos épicos, pero también cacofonías y disonancias que reflejan la imperfección del viaje de Tóth.
Y es justamente esta imperfección lo que hace de esta película una obra tan grande. El edificio interminable, la cruz con su reverso tenebroso, la música épica con notas discordantes, una nación en construcción llena de claroscuros, perfectamente representados por la Estatua de la Libertad invertida que vemos al inicio de la película.
Mi recomendación es que veáis esta película en la pantalla más grande posible. Que os sumerjáis en la travesía de Tóth en VistaVision. Y cuando salgáis del cine, sin palabras para describir lo que habéis presenciado, solo recordad que habéis sido testigos de algo inmenso. Algo que tardaremos mucho en volver a ver.
EL BRUTALISTA: LA GRAN OBRA MAESTRA DEL SIGLO XXI